jueves, 16 de febrero de 2012
jueves, 21 de julio de 2011
Sobre el tomate y las relaciones extrasensoriales
Como si no bastara con
carne,
pollo,
jamón y queso,
rara vez cebolla y queso,
humita en un día excepcionalmente esperanzado(1),
tenía que venir a engancharme con las capresse.
Ahora que más o menos había aprendido el croquis con los accidentes geográficos de los gustos preferidos, tenía que ir a por la novedad, la sorpresa, el repulgue desconocido.
Yo, que toda mi vida sólo comí el tomate fresco y durito en ensalada o reventadito y desintegrado en un tuco hirviente, enemiga acérrima del concassé que acecha los fideos de estas costas hace algunos años ¡¿cómo puedo estar comiéndome el tomate calentucho y blando que siempre rechacé?! ¡¿Cómo puedo estar disfrutándolo y hasta pagar por él?! ¿Esto es evolucionar o traicionarme a mí misma?
Aquella vez que nos juntamos a almorzar, él pidió dos de carne y una capresse. La camarera -conectada extrasensorialmente conmigo- vino al rato con dos de carne y una de humita (sin croquis)... Él me comentó la confusión pero quiso comerse la humita sin reclamar y pasó.
Tiempo después hubo una cena improvisada donde el pedido volvió a incluir el gusto mediterráneo y esta vez la pizzería no falló, cumplió minuciosamente cada uno de nuestros deseos.
Nos cubrió un clima extraordinariamente tenso, el olor de la albahaca humeante inundó el lugar y supe que ya no podría seguir resistiéndome. El cuerpo nos condena, nos comanda, le hace pito catalán a nuestra mente, habla por nosotros cuando intentamos acallarlo. Él lo percibió y me dijo: "¿querés la mitad?"
Con la albahaca extrañamente exquisita y la hermosa muzarella desperezándose, vino blando y calentucho, el tomate. Y me rendí.
Luego de aquellas comidas, sobrevino un período de mucha empanada a mi vida. Horarios desorganizados, pensamientos, emociones desorganizadas. Y la pizzería siempre abierta y receptiva a mis apetitos vespertinos y nocturnos no ha colaborado...
Nota al pie:
(1) ¿Por qué nadie hace empanadas de humita como las de mi mamá?
carne,
pollo,
jamón y queso,
rara vez cebolla y queso,
humita en un día excepcionalmente esperanzado(1),
tenía que venir a engancharme con las capresse.
Ahora que más o menos había aprendido el croquis con los accidentes geográficos de los gustos preferidos, tenía que ir a por la novedad, la sorpresa, el repulgue desconocido.
Yo, que toda mi vida sólo comí el tomate fresco y durito en ensalada o reventadito y desintegrado en un tuco hirviente, enemiga acérrima del concassé que acecha los fideos de estas costas hace algunos años ¡¿cómo puedo estar comiéndome el tomate calentucho y blando que siempre rechacé?! ¡¿Cómo puedo estar disfrutándolo y hasta pagar por él?! ¿Esto es evolucionar o traicionarme a mí misma?
Aquella vez que nos juntamos a almorzar, él pidió dos de carne y una capresse. La camarera -conectada extrasensorialmente conmigo- vino al rato con dos de carne y una de humita (sin croquis)... Él me comentó la confusión pero quiso comerse la humita sin reclamar y pasó.
Tiempo después hubo una cena improvisada donde el pedido volvió a incluir el gusto mediterráneo y esta vez la pizzería no falló, cumplió minuciosamente cada uno de nuestros deseos.
Nos cubrió un clima extraordinariamente tenso, el olor de la albahaca humeante inundó el lugar y supe que ya no podría seguir resistiéndome. El cuerpo nos condena, nos comanda, le hace pito catalán a nuestra mente, habla por nosotros cuando intentamos acallarlo. Él lo percibió y me dijo: "¿querés la mitad?"
Con la albahaca extrañamente exquisita y la hermosa muzarella desperezándose, vino blando y calentucho, el tomate. Y me rendí.
Luego de aquellas comidas, sobrevino un período de mucha empanada a mi vida. Horarios desorganizados, pensamientos, emociones desorganizadas. Y la pizzería siempre abierta y receptiva a mis apetitos vespertinos y nocturnos no ha colaborado...
Nota al pie:
(1) ¿Por qué nadie hace empanadas de humita como las de mi mamá?
miércoles, 29 de junio de 2011
"La despedida"
En algún momento entre las 4 de la madrugada y las 12 del mediodía, Manolo empezó a comerse a Milan Kundera. Supongo que no lo pudo soportar más, merodeando la cama hace semanas, sin abrirse, floreándose sobre el acolchado con ese olor exquisito, virginal.
Cuando lo vi aquella vez en el parque me detuve a mirarlo (siempre miro las cosas que me gustan con gran detenimiento, tanto que mi hermana dice que yo no miro las vidrieras, que las fotografío) me llamó mucho la atención, era lindo y yo ya conocía algo de él.
Continué mi paseo buscando un libro de Auster para regalar a una amiga. De regreso volví a verlo, bah lo busqué y esta vez me lo llevé a casa.
"La despedida" ha estado durmiendo conmigo casi todas las noches desde aquel encuentro en el parque. Me acompañó muchas tardes en mi auto, lo he paseado por media ciudad con la intención de adentrarme en él y, como a tantas otras cuestiones, lo he dejado siempre para después.
La vida no nos espera, no se detiene, hasta las piedras mutan, el viento las erosiona, los ríos las arrastran, las friccionan y les dan nuevas formas. La tierra se mueve, se quiebra, avanza, retrocede, se pliega marcando en las rocas líneas paralelas. Lo que tiene que suceder sucede, con o sin nuestra intervención.
La despedida que postergaba y postergaba, esta mañana se topó con la voracidad de mi gato que arremetió contra la tapa y esas primeras páginas de los libros que no dicen nada, esperando ser llenadas con una dedicatoria -que nunca llegará si uno mismo se los compra- y así amanecí para encontrar la despedida desgarrada, masticada, digerida y, al fin, empezada, más allá de mí.
Cuando lo vi aquella vez en el parque me detuve a mirarlo (siempre miro las cosas que me gustan con gran detenimiento, tanto que mi hermana dice que yo no miro las vidrieras, que las fotografío) me llamó mucho la atención, era lindo y yo ya conocía algo de él.
Continué mi paseo buscando un libro de Auster para regalar a una amiga. De regreso volví a verlo, bah lo busqué y esta vez me lo llevé a casa.
"La despedida" ha estado durmiendo conmigo casi todas las noches desde aquel encuentro en el parque. Me acompañó muchas tardes en mi auto, lo he paseado por media ciudad con la intención de adentrarme en él y, como a tantas otras cuestiones, lo he dejado siempre para después.
La vida no nos espera, no se detiene, hasta las piedras mutan, el viento las erosiona, los ríos las arrastran, las friccionan y les dan nuevas formas. La tierra se mueve, se quiebra, avanza, retrocede, se pliega marcando en las rocas líneas paralelas. Lo que tiene que suceder sucede, con o sin nuestra intervención.
La despedida que postergaba y postergaba, esta mañana se topó con la voracidad de mi gato que arremetió contra la tapa y esas primeras páginas de los libros que no dicen nada, esperando ser llenadas con una dedicatoria -que nunca llegará si uno mismo se los compra- y así amanecí para encontrar la despedida desgarrada, masticada, digerida y, al fin, empezada, más allá de mí.
miércoles, 11 de mayo de 2011
TRES CUADRAS A LAS DOCE DE LA NOCHE
Objetivo: cigarrillos.
Patrullero enfrente de la casa de los gatos. Alguien la está ocupando intermitentemente hace unas semanas. Unos vecinos tapian las aberturas laterales de la chapa que cubre el frente. Las señoras que alimentan a los gatos sacan algunos listones para que los gatos puedan salir a comer a la vereda y volver a dormir adentro.
Doblando la esquina, lavandería con mármol donde sentarse. La señora que ya vi varias noches está parada allí con sus bolsas. El guardia uniformado del edificio de categoría de al lado viene caminando con un tazón de té en la mano. Me doy vuelta llegando a la otra esquina (como para no molestar) para confirmar que el té con el saquito colgando es para ella.
El conductor de un auto que espera en el semáforo me mira deliberadamente caminar con la campera tres talles más grandes que era de mi papá y que uso para estar abrigada y que no me miren cuando ando sola de noche (estoy a full).
Auto azul lustroso estacionado en pendiente hacia abajo dentro de las rejas de un gran chalet (con un garage para no gran cantidad de autos). Gato negro lustroso durmiendo plácidamente en el capó.
Señor mayor saliendo de una casa. Me silba fiu fiuu cuando paso (buah, recontra a full).
Estación de servicio. Despachante de kiosco invisible. Cae el viejo que me acaba de silbar fiu fiuu. “No hay nadie?” Golpea el vidrio de la ventanita con una llave. El despachante aparece cual mago-marioneta detrás del mostrador que velaba su sueño. “Parliament y un paragüitas”. Está tan dormido que lo del paragüitas no lo escucha; el viejo sí. “Qué es un paragüitas?”. “Un chocolate re-viejo” (pero si el viejo sos vos! Ochenta años y no conocés el paragüitas?! Y me silbás fiu fiuu???!!!).
Vuelta. El gato se mimetizó con el auto. La señora tose. El patrullero sigue ahí.
Patrullero enfrente de la casa de los gatos. Alguien la está ocupando intermitentemente hace unas semanas. Unos vecinos tapian las aberturas laterales de la chapa que cubre el frente. Las señoras que alimentan a los gatos sacan algunos listones para que los gatos puedan salir a comer a la vereda y volver a dormir adentro.
Doblando la esquina, lavandería con mármol donde sentarse. La señora que ya vi varias noches está parada allí con sus bolsas. El guardia uniformado del edificio de categoría de al lado viene caminando con un tazón de té en la mano. Me doy vuelta llegando a la otra esquina (como para no molestar) para confirmar que el té con el saquito colgando es para ella.
El conductor de un auto que espera en el semáforo me mira deliberadamente caminar con la campera tres talles más grandes que era de mi papá y que uso para estar abrigada y que no me miren cuando ando sola de noche (estoy a full).
Auto azul lustroso estacionado en pendiente hacia abajo dentro de las rejas de un gran chalet (con un garage para no gran cantidad de autos). Gato negro lustroso durmiendo plácidamente en el capó.
Señor mayor saliendo de una casa. Me silba fiu fiuu cuando paso (buah, recontra a full).
Estación de servicio. Despachante de kiosco invisible. Cae el viejo que me acaba de silbar fiu fiuu. “No hay nadie?” Golpea el vidrio de la ventanita con una llave. El despachante aparece cual mago-marioneta detrás del mostrador que velaba su sueño. “Parliament y un paragüitas”. Está tan dormido que lo del paragüitas no lo escucha; el viejo sí. “Qué es un paragüitas?”. “Un chocolate re-viejo” (pero si el viejo sos vos! Ochenta años y no conocés el paragüitas?! Y me silbás fiu fiuu???!!!).
Vuelta. El gato se mimetizó con el auto. La señora tose. El patrullero sigue ahí.
viernes, 15 de abril de 2011
Desarmada
Me volvés loca. Me perturbás tanto. Tu contacto con mi cuerpo es tan leve, tan fugaz, unos segundos bastan para dejarme huellas imborrables en mi piel. Me consumo, me consumís lentamente. Quisiera matarte, pero cuando logro reaccionar, siempre es tarde. Ya te fuiste. Te fuiste a otro lecho, a otro cuerpo, el mío no te colma. Me desespero por atraparte, mas nunca lo consígo. Quisiera que no vuelvas. Cada encuentro me deja dolorida. Apenas puedo dormir. Mi piel se inflama y no encuentro bálsamo que aplaque mi inquietud.
El Caladryl en mi baño se venció hace años y quién sabe dónde cuernos metí el OFF!
El Caladryl en mi baño se venció hace años y quién sabe dónde cuernos metí el OFF!
miércoles, 23 de marzo de 2011
Intruso
Noche cálida (extremadamente cálida) de marzo… un grillo está dele que dele con su silbato enloquecido en medio de la ciudad… ¡Ah, paró! Justo cuando estaba pensando que le iba a dar un ataque si seguía. Estará tomando un respiro para retomar su monocord…ahí arrancó de vuelta. Qué raro, jamás se oyen grillos en mi manzanacadavezmásrepletadeedificios. ¿Cómo habrá llegado? ¿se habrá venido en un ficus tamaño maceta que algún vecino compró hoy para "darle vida a la casa"? Porque hasta ayer sólo se oía el habitual murmullo de los aires acondicionados y el ronroneo esporádico de algún auto sobre el empedrado. Éste es un ruido intruso en el ecosistema del cemento… ¿Se dará cuenta el grillo de que está en un lugar equivocado? de que peligra su vida y la del resto del ecosistema??? Estoy segura de que mi vecina de balcón, por ejemplo, no podrá dormir esta noche. Y mañana, abatida por el aturdimiento y el insomnio, cruzará la avenida para comprar una leche y la atropellará un colectivo (es una hipótesisss, no un deseo). Mi vecina no claudicó hasta lograr que el administrador del edificio se apersonara donde el dueño del perro de la casa de la vuelta, que emitía un promedio de entre 10 y 12 ladridos por noche, y obtuviera del mismo (del dueño, no del perro, aunque éste último debe haber estado de acuerdo por sus propios intereses) el compromiso de no dejar al animal en el jardín por las noches. Recuerdo lo feliz que se había puesto una vez, al verme llegar a la reunión de consorcio esperando que yo fuese cómplice de su padecimiento (y por ende, de su lucha) y su estupefacta desazón minutos después cuando le dije que yo no escuchaba ladrar al perro. Ahora el caso es mucho más complejo ¿quién va a responder por el grillo? ¿a quién le va a reclamar el administrador? ¿quién va a querer entrarse al grillo por las noches para que no moleste? Y eso, en el supuesto de que encontraran en qué balcón, en qué planta, en qué hoja está. Yo que el grillo me las pico. Él no está en la posición del rottwailler. Con un disparo de Raid o un zapatazo certero, es historia de la flora y fauna citadina. En estos casos lo mejor es prevenir. Si pasa la noche es un milagro… No somos nada… Y total para qué?! Unas noches más a este ritmo y yo misma, que amo a los animales, le mando la carta documento.
miércoles, 23 de febrero de 2011
Querido tender terapéutico:
Uh te agarraron de sorpresa! No, yo no fui, sabés que yo no fui.
Yo también me quedé atónita al verte sosteniendo esos dos zoquetes sin broches. Qué compromiso, no? Mirá si se te caen... peor aún: mirá si se te vuelaaan... Qué feo sería, no? Todo un ser, una misión, un destino, una dignidad por el suelo (junto con los zoquetes). Pero tranqui tranqui que no hay viento a la vista. El pino no se mueve.
Por otra parte, qué raro... en qué momento los lavó? Porque yo no los lavé, te lo juro.
Hum... qué? Que no huelen a limpito? Oh my God! Te colgaron un par de zoquetes transpirados para orearlos!!! Oy-oy-oy! Bueno que no se te caigan igual, eh!
Y yo qué hago?! Les pongo unos brochecitos? O me hago la recontratonta? De lavarlos ni hablar. Además mirá si no se le secan y son los únicos que tiene? (porque yo no sé qué trae en ese mochilón, yo no reviso).
Al fin y al cabo si los colgó sólo para orearlos por algo será... Me comentó algo de un problemita de hongos en las uñas... mmm...
Bueno, vos aguantá y tratá de disfrutar la compañía, yo ensayo mi mejor cara de "qué natural es que tiendas tus zoquetes en MI tender" y "claro, lo que mata es la humedad".
Yo también me quedé atónita al verte sosteniendo esos dos zoquetes sin broches. Qué compromiso, no? Mirá si se te caen... peor aún: mirá si se te vuelaaan... Qué feo sería, no? Todo un ser, una misión, un destino, una dignidad por el suelo (junto con los zoquetes). Pero tranqui tranqui que no hay viento a la vista. El pino no se mueve.
Por otra parte, qué raro... en qué momento los lavó? Porque yo no los lavé, te lo juro.
Hum... qué? Que no huelen a limpito? Oh my God! Te colgaron un par de zoquetes transpirados para orearlos!!! Oy-oy-oy! Bueno que no se te caigan igual, eh!
Y yo qué hago?! Les pongo unos brochecitos? O me hago la recontratonta? De lavarlos ni hablar. Además mirá si no se le secan y son los únicos que tiene? (porque yo no sé qué trae en ese mochilón, yo no reviso).
Al fin y al cabo si los colgó sólo para orearlos por algo será... Me comentó algo de un problemita de hongos en las uñas... mmm...
Bueno, vos aguantá y tratá de disfrutar la compañía, yo ensayo mi mejor cara de "qué natural es que tiendas tus zoquetes en MI tender" y "claro, lo que mata es la humedad".
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