Como si no bastara con
carne,
pollo,
jamón y queso,
rara vez cebolla y queso,
humita en un día excepcionalmente esperanzado(1),
tenía que venir a engancharme con las capresse.
Ahora que más o menos había aprendido el croquis con los accidentes geográficos de los gustos preferidos, tenía que ir a por la novedad, la sorpresa, el repulgue desconocido.
Yo, que toda mi vida sólo comí el tomate fresco y durito en ensalada o reventadito y desintegrado en un tuco hirviente, enemiga acérrima del concassé que acecha los fideos de estas costas hace algunos años ¡¿cómo puedo estar comiéndome el tomate calentucho y blando que siempre rechacé?! ¡¿Cómo puedo estar disfrutándolo y hasta pagar por él?! ¿Esto es evolucionar o traicionarme a mí misma?
Aquella vez que nos juntamos a almorzar, él pidió dos de carne y una capresse. La camarera -conectada extrasensorialmente conmigo- vino al rato con dos de carne y una de humita (sin croquis)... Él me comentó la confusión pero quiso comerse la humita sin reclamar y pasó.
Tiempo después hubo una cena improvisada donde el pedido volvió a incluir el gusto mediterráneo y esta vez la pizzería no falló, cumplió minuciosamente cada uno de nuestros deseos.
Nos cubrió un clima extraordinariamente tenso, el olor de la albahaca humeante inundó el lugar y supe que ya no podría seguir resistiéndome. El cuerpo nos condena, nos comanda, le hace pito catalán a nuestra mente, habla por nosotros cuando intentamos acallarlo. Él lo percibió y me dijo: "¿querés la mitad?"
Con la albahaca extrañamente exquisita y la hermosa muzarella desperezándose, vino blando y calentucho, el tomate. Y me rendí.
Luego de aquellas comidas, sobrevino un período de mucha empanada a mi vida. Horarios desorganizados, pensamientos, emociones desorganizadas. Y la pizzería siempre abierta y receptiva a mis apetitos vespertinos y nocturnos no ha colaborado...
Nota al pie:
(1) ¿Por qué nadie hace empanadas de humita como las de mi mamá?
jueves, 21 de julio de 2011
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