En algún momento entre las 4 de la madrugada y las 12 del mediodía, Manolo empezó a comerse a Milan Kundera. Supongo que no lo pudo soportar más, merodeando la cama hace semanas, sin abrirse, floreándose sobre el acolchado con ese olor exquisito, virginal.
Cuando lo vi aquella vez en el parque me detuve a mirarlo (siempre miro las cosas que me gustan con gran detenimiento, tanto que mi hermana dice que yo no miro las vidrieras, que las fotografío) me llamó mucho la atención, era lindo y yo ya conocía algo de él.
Continué mi paseo buscando un libro de Auster para regalar a una amiga. De regreso volví a verlo, bah lo busqué y esta vez me lo llevé a casa.
"La despedida" ha estado durmiendo conmigo casi todas las noches desde aquel encuentro en el parque. Me acompañó muchas tardes en mi auto, lo he paseado por media ciudad con la intención de adentrarme en él y, como a tantas otras cuestiones, lo he dejado siempre para después.
La vida no nos espera, no se detiene, hasta las piedras mutan, el viento las erosiona, los ríos las arrastran, las friccionan y les dan nuevas formas. La tierra se mueve, se quiebra, avanza, retrocede, se pliega marcando en las rocas líneas paralelas. Lo que tiene que suceder sucede, con o sin nuestra intervención.
La despedida que postergaba y postergaba, esta mañana se topó con la voracidad de mi gato que arremetió contra la tapa y esas primeras páginas de los libros que no dicen nada, esperando ser llenadas con una dedicatoria -que nunca llegará si uno mismo se los compra- y así amanecí para encontrar la despedida desgarrada, masticada, digerida y, al fin, empezada, más allá de mí.
miércoles, 29 de junio de 2011
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